Economía

Siete días de mayo

El cinco de mayo José Luís Rodríguez Zapatero comunica que España no necesita un ajuste drástico. Solo una semana más tarde nos obsequiaba con “ajustes drásticos” e “imprescindibles” ¿Qué sucedió durante esa semana?” ¿Qué motivos tuvo para dar un viraje tan brusco en su “orgullosa política social?

Empieza a repetirse con cierta frecuencia en muchos medios la expresión “semana negra de Zapatero” para narrar los hechos que transcurrieron desde el viernes 7 de mayo hasta el 13 del mismo mes, en el que uno tras otros los acontecimientos se fueron precipitando hasta hacer que el 12 de mayo anunciara en el congreso que se veía obligado a recortar no sólo los sueldos a los funcionarios, sino que debía dar un tijeretazo a su política social, su orgullo, su bandera política, congelando el sueldo a los pensionistas y liquidando el cheque bebe.

Yo prefiero llamar a estos días “siete días de mayo” quizás porque suena más periodístico, más cinematográfico, pero sobre todo, prefiero llamarlo así, porque fueron siete días, una semana ciertamente, en el que en cada uno de esos siete días algo ocurrió que obligó a Zapatero a cambiar el rumbo.

No debemos olvidar los días e incluso meses precedentes a esa semana nefasta para Zapatero, en el que también ocurrieron hechos dignos de mencionarlos que también tuvieron su reflejo en los siete días de mayo.

El día 4 de febrero, Zapatero rezaba junto a Obama en Washington mientras en España empezaron a sonar todas las alarmas ante el ataque de los especuladores que dejaban al IBEX muy tocado. Días después sobrevino la tragedia griega, no la de los magníficos escritores que dejaron obras inmortales, sino la económica, la quiebra del país heleno y el rescate por el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea casi dos meses más tarde. La agencia de calificación Standard & Poors rebajaba, el 28 de abril, la calificación de nuestra deuda y volvieron los miedos, las incertidumbres. Un día después nadie compraba deuda, nadie invertía. Para colmo, al día siguiente la encuesta de población activa confirmó que la cifra de parados ascendió en el primer trimestre del año al 20,05% de la población activa (Otra vez incido en lo mismo, este porcentaje que en números reales sería decir 4,6 millones de desempleados no se ajusta a la realidad, quedarían por incluirse un millón largo de trabajadores en paro que nadie los tiene en cuenta, parados en formación, provenientes de expedientes de regulación de empleo, etc) Ese mismo día Zapatero impuso una criba de altos cargos para lanzar un mensaje de austeridad que sirvió para recortar 16 millones de euros y no solucionar nada importante.

Llegó el primero de mayo, fecha señalada para que los sindicatos mostraran su fuerza, pero ocurrió lo que desde aquí vengo reiterando, la movilización sindical fue escasa, si siguen así en la próxima movilización irán los líderes sindicales y sus familiares. El optimista Zapatero seguía proclamando que lo peor de la crisis ya había pasado. Iluso y poco preparado nuestro Presidente que insistía en que España no es Grecia. El 2 de mayo acudió a Moncloa Emilio Botín y le expone a Zapatero crudamente la realidad. El 3 de mayo fue Isidre Fainé quien acudió a la Moncloa para zanjar la reforma de las cajas de ahorros y el 4 de mayo la Bolsa se vuelve a desplomar –un 5,4%– y Zapatero, en Bruselas, tiene que enfrentarse al rumor, que calificó de “absoluta locura”, de que España iba a pedir un plan de rescate al FMI de 280.000 millones. Un “despropósito descomunal”, pero que el Gobierno admitió que había hecho muchísimo daño. El día 5, Zapatero y Mariano Rajoy volvieron a sellar otra ocasión perdida en la Moncloa. El líder del PP le exigió recortes drásticos para reducir el déficit, y el presidente del Gobierno se negó, aduciendo que pondría en peligro la recuperación económica, para la que ya empezaba a ver brotes verdes. El coste de la deuda española se volvió a disparar y, esa semana, la Bolsa cayó un 14%.

El viernes 7 de abril, el Banco de España avanza que el PIB creció un 0,1% en el primer trimestre, se acabó la recesión, y Zapatero vuelve a Bruselas a reunirse con el eurogrupo. La intención era buscar mecanismos para blindar el euro. El desplome del Dow Jones había causado el caos en Wall Street y Barack Obama se puso en alerta máxima. Alemania y Francia exigen medidas contundentes a España y Zapatero anuncia, ya en la madrugada del sábado, que acelerará su plan de reducción del déficit. El Ecofin reunido de urgencia al día siguiente acordó un fondo de rescate de 600.000 millones para la eurozona. Obama llamó a Angela Merkel y a Nicolas Sarkozy, mientras Elena Salgado anunció un recorte adicional del gasto en España de 15.000 millones. Y eso que algunos países, en especial Holanda, habían exigido aún más. El plan de rescate del euro desató la euforia y la Bolsa española se disparó un 14,4%.
El lunes 10 de mayo, Zapatero tomó en la Moncloa la decisión final, junto a su núcleo duro. Al día siguiente, le llamó Obama. La Casa Blanca situó a España entre los países con problemas que debían adoptar reformas urgentes. Y así, Zapatero llegó a su día más duro, el 12 de mayo, cuando con un nudo en la garganta anunció en el Congreso que se veía obligado a recortar no sólo el sueldo de los funcionarios, sino también a dar tijeretazos en su política social, su bandera política, incluyendo a los pensionistas y liquidando el cheque bebé. El pasado viernes, no obstante, el Ibex cayó un 6,7%. Una evidencia, para algunos, de que el ajuste no genera confianza y que los recortes no han hecho más que empezar.

El periodista estadounidense Phil Bennett, ex director adjunto del periódico Washington Post, ofrece su retrato del problema español en el dominical del diario El País.

Llegué a España a finales de mayo, procedente de Estados Unidos, allí, la crisis económica ha suscitado un debate sobre el papel del Estado, sobre la justicia y la responsabilidad, sobre los valores sociales y la identidad. ¿En qué está cambiando España por culpa de la crisis económica más compleja desde su transición a la democracia? ¿Por qué un 20% de desempleo no ha desencadenado un conflicto social? ¿Cómo están preparando los líderes del país la salida?

Sea justo o no, los mercados mundiales y los medios de comunicación tienden a dividir el mundo en dos categorías: los países que tienen problemas y los que son problemas. Y  hoy consideran que España es un problema. Una consecuencia de ello es que los titulares nacionales desatan temblores por todo el sistema, como ocurre casi a diario desde principios de mayo. Otra, quizá más útil, es que empuja a ver cada parte concreta de la crisis como un elemento relacionado con los demás.

En un análisis publicado al día siguiente de mi llegada, uno de esos titulares que sacuden el sistema: el Fondo Monetario Internacional lo hacía con este breve párrafo: “La economía de España necesita reformas exhaustivas y de largo alcance. Los retos son graves: un mercado de trabajo disfuncional, el estallido de la burbuja inmobiliaria, un gran déficit fiscal, un sector privado y una deuda externa que pesan mucho, un crecimiento de la productividad anémico, una competitividad débil y un sector bancario con bolsas de debilidad”. El país necesita una “estrategia integral“, decía, y “hay que hacerlo cuanto antes“.

No he hablado con una sola persona, dentro o fuera del Gobierno, que esté fundamentalmente en desacuerdo con este análisis. Es un caso poco frecuente de consenso. En casi todo lo demás, España ofrece la imagen de unos responsables políticos profundamente divididos. Existe la obsesión de restaurar la confianza de los extranjeros en el país. Pero impresiona todavía más la falta de confianza de los propios españoles en sus dirigentes y sus instituciones.

Durante el periodo de prosperidad -parte de una transformación general que el embajador de España en Estados Unidos llamó hace poco “los mejores años de nuestra historia colectiva de los últimos cinco siglos”-, lo extraordinario se convirtió en corriente. Como consecuencia, hoy es normal oír a la gente sorprenderse e indignarse por la crisis económica actual, algo que ha sucedido muchas veces en muchos países, y, en cambio, calificar el asombroso ciclo de cambios anterior como completamente normal.

Economistas de todo el espectro político dicen que los dos periodos están unidos. La historia se resume así: más de 10 años de préstamos baratos de Europa ayudaron a alimentar un fantástico aumento del gasto y las inversiones. España construyó un ferrocarril y unas carreteras de primera categoría y llevó a cabo proyectos turísticos. Construyó más viviendas nuevas que Alemania, Francia e Italia juntas… y vio cómo se duplicaban los precios de las casas. El gasto de consumo se incrementó dos veces más que la media europea durante esa década. Cinco millones de inmigrantes nuevos se incorporaron al mercado laboral. En una especie de maquinaria en movimiento perpetuo, se necesitaba a los inmigrantes para que construyeran casas para sí mismos.

“Cuando la economía va bien, España crea más empleo que ningún otro país”, dice Joaquín Arango, director del programa de Migraciones Internacionales y Ciudadanía en el Instituto Universitario Ortega y Gasset. “Cuando la economía va mal, España destruye más empleo que ningún otro”.

A finales de 2009, la deuda exterior total de España era de 1,735 billones de euros, equivalente al 170% del PIB. La banca privada, que evitó los peores excesos de la crisis financiera de 2008, posee en la actualidad aproximadamente la mitad de las viviendas vacías españolas. El Gobierno, mientras tanto, aumentó el gasto público un 7,7% anual a partir de 2005. Esto, unido al descenso de los ingresos, convirtió el superávit presupuestario de 2007 en un déficit del 11%. Más de cuatro millones de trabajadores perdieron su empleo; la tasa de paro española, del 20%, es más del doble de la tasa media en Europa. Las prestaciones de desempleo, las más generosas de Europa, cuestan al Estado otros 32.000 millones de euros al año.

Cuando estalló la crisis crediticia griega en abril, las preocupantes cifras de España se volvieron tan imposibles de ocultar como los bosques petrificados de grúas que vigilan las entradas a tantas ciudades.

Los economistas en España suelen destacar los factores internos para describir la anatomía de la crisis y justificar los cambios estructurales que dicen que son necesarios. “La hora de la verdad llegará cuando nos demos cuenta de que las principales causas de la crisis son internas”, dice César Molinas, director de la consultora Multa Paucis, que ha ocupado varios cargos económicos en el Gobierno español.

Las autoridades y otros políticos, por el contrario, tienden a prestar más atención a las raíces internacionales. Para el Gobierno de Zapatero, esa respuesta parece ser casi un reflejo. Cuando le pregunté a Elena Salgado, la animosa y elegante vicepresidenta económica, sobre los obstáculos al crecimiento de la economía, lo primero que dijo fue: “A nosotros nos está penalizando el desconocimiento internacional de dos cuestiones importantes…”, y emprendió una explicación del estado constitucional de las comunidades autónomas y la solidez de las cajas de ahorro. Al final acabó diciendo que, cuando se completen la reestructuración de las cajas y la reforma del mercado laboral, “habremos puesto las bases para recuperar nuestro crecimiento potencial, que en España es alto”.

La decisión entre buscar las claves de la recuperación económica dentro o buscarlas fuera puede reflejar las diferencias sobre la urgencia y la dimensión de las reformas estructurales necesarias para conseguirlo. En cualquiera de los dos casos, muchos economistas se han vuelto pesimistas sobre las perspectivas de crecimiento. Después de contraerse un 3,9% en 2009, la economía española será la única del G-20 que no va a crecer en 2010. El Gobierno ha reducido sus proyecciones de crecimiento para 2011 al 1,8%; la agencia de calificaciones Fitch las sitúa a un nivel aún más bajo. Molinas y otros creen que la recuperación será en “L”, más parecida a la de Japón en los últimos 20 años que a la de Estados Unidos.

“El mayor riesgo es que en 2013-2015 la renta per cápita vuelva a ser la que era hace 10 años”, dice Emilio Ontiveros, presidente de Analistas Financieros Internacionales. “Va a ser una economía más delgada con peligro de anorexia“.

Fernando Ballabriga, director del departamento de economía en la Escuela de Negocios ESADE, también ve un “horizonte de estancamiento”. “Lo que es más preocupante no es la crisis inmediata, sino el estancamiento a largo plazo“, asegura. “Es muy importante que la solución sea un paquete. Yo estoy convencido de que hay que hacer todo a la vez. Que la política esté o no preparada para eso, es la gran pregunta”.

“Todo a la vez” significa llevar a cabo reformas estructurales, además de medidas de austeridad. Incluye una reforma laboral que cree flexibilidad salarial y más igualdad para el 30% de trabajadores con contratos temporales; la reforma de las cajas de ahorros, que albergan el 50% de los depósitos, consolidar su número y proporcionar los medios para la recapitalización; crear una financiación pública sostenible; ocuparse de una población mayor cada vez más numerosa; impulsar la productividad, que se redujo bruscamente durante los últimos 10 años.

Pero ninguna medida es por sí sola una contraseña mágica para salir de la crisis. La reforma del mercado laboral, por ejemplo, no es un medio para crear nuevos puestos de trabajo. Y algunos de los mecanismos que los Gobiernos utilizaban en el pasado para restablecer la competitividad -como las seis devaluaciones de la peseta entre 1977 y 1997- desaparecieron con la creación de la eurozona, lo cual supone una presión añadida para la unión monetaria y España.

Javier Vallés, principal asesor económico de Zapatero, dice que en estas circunstancias no existen buenos modelos que España pueda imitar. “Entre los economistas suelen hacer papers con economías de laboratorio”, explica. “España es un ejemplo real de una economía que va a ser estudiada en los próximos cinco años. Ahora es el momento de la consolidación fiscal y un ajuste que marque el crecimiento de la próxima década. Las decisiones que estamos tomando ahora tendrán impacto en los próximos 10 o 20 años”.

Para Salgado, la eurozona realza la “dicotomía” entre austeridad y crecimiento. “El problema es que nosotros tenemos que financiar nuestro déficit en los mercados y no estamos en la situación de Estados Unidos ni estamos en la situación de los países de fuera del euro, que, aunque no hagan una devaluación, pueden ver cómo su moneda se deprecia, en términos relativos, y eso les origina una ventaja competitiva”, dice. “Nosotros estamos en una zona económica que está ligada a una moneda y, por tanto, las herramientas que tuvimos en los años noventa ya no las tenemos. Entonces, claro, siendo verdad que debiéramos hacer más por el crecimiento, lo cierto es que, día a día… los mercados en este momento están primando más la austeridad en el gasto”.

“Es cierto que la confianza es muy difícil de construir y muy fácil de perder. Así que vamos a pagar un precio por la pérdida de confianza”, dice Rato. “Algunos de nuestros problemas deben resolverse al nivel del euro. Seamos francos: no sólo hay falta de confianza en España, sino falta de confianza en el sistema del euro y en su capacidad de resolver sus propios problemas. Y ahí creo que necesitamos una definición clara de lo que debe ser una política fiscal del euro. Algo que en estos momentos está faltando”.

En España es frecuente comparar a los políticos, y de forma desfavorable, con el sector empresarial del país. España posee un plantel de grandes compañías de categoría internacional: Banco Santander, BBVA, Telefónica, Ferrovial, Iberdrola, FCC, ACS y otras. Cuenta con tres de las mejores escuelas de  negocios del mundo. La inversión en energías renovables le ha dado fama internacional por parques eólicos como el que está cerca de la universidad de mi hija en Pensilvania, operado por Gamesa, que ha obtenido millones de dólares de los fondos de estímulo en Estados Unidos.

Por el contrario, los dirigentes políticos españoles son objeto de críticas feroces por parte de la opinión pública. Las informaciones constantes sobre la corrupción política, la incomprensible alergia -curada hace muy poco- del Gobierno de Zapatero a la palabra “crisis“, el ferviente empeño de la oposición en buscar ventajas electorales a costa del consenso, han acabado con la fe en que las autoridades puedan conducir al país hacia la recuperación.

“Las soluciones requieren o un gran consenso o un Gobierno fuerte. Y no tenemos ninguno de los dos”, dice Fernando Fernández, profesor de economía en la IE Business School. Añade: “Que tenemos un problema de competencia profesional en la clase política, es objetivamente cierto… Nunca hemos tenido un Gobierno más débil, nunca en la historia de España”.

Gran parte del problema de credibilidad del Gobierno al hablar de economía tiene que ver con que todavía hoy no ha ofrecido una visión clara y global del camino que tiene España por delante. Y la montaña rusa del último mes no ha ayudado. Zapatero no ha explicado del todo por qué declaró el 5 de mayo que la economía no necesitaba un ajuste “drástico” y a continuación anunció ajustes drásticos e “imprescindibles” una semana después.

De hecho, los miembros del Gobierno siguen dando la impresión de que su fe en la austeridad es resultado de una conversión obligada. Salgado dice que el Gobierno cree, como proclamó Zapatero el año pasado, que la salida de la crisis “será social, o no será”. Al preguntarle si el gasto social actual es sostenible, contesta, con brevedad, que “es sostenible porque según nuestras prioridades lo hemos puesto en el máximo lugar”.

“Nosotros estamos resistiendo lo máximo posible antes de afectar a ninguna partida del gasto social. Ahora hemos tenido que afectar mínimamente a un 0,5% del gasto social, pero queremos quedarnos ahí”, añade.

La endeble convicción del Gobierno parece corresponderse con el celoso oportunismo de la oposición. Me entrevisté con Mariano Rajoy en su despacho de la planta alta de la sede del Partido Popular en la calle de Génova. Con amabilidad y después de apartar su cigarro, Rajoy se lanzó a enumerar las diferencias entre su estrategia para la economía y la de Zapatero con el fervor de un fiscal que sabe que él también está siendo sometido a juicio.

En el fondo, dice Rajoy, “el problema del Gobierno no es su posición, sino su inacción“. Y en el fondo, cada vez más, parece que el plan económico de Rajoy consiste en apartar a Zapatero del poder.

“Nosotros pensamos que el principal factor de desconfianza que hay en este momento en la economía española es el Gobierno”, dice. “El principal, por encima de cualquier dato objetivo o económico”.

Rajoy explica por qué votó en el Parlamento contra las medidas de austeridad del Gobierno no sólo por las medidas en sí, sino como parte de una estrategia para obligar a que se presente una moción de confianza. Las encuestas dan al Partido Popular suficiente apoyo para lograr la mayoría absoluta. Algunos analistas políticos dicen que una gran derrota del PSOE en las elecciones catalanas de otoño pondría en peligro los dos años que le quedan a Zapatero en su puesto.

Pero las cifras de la opinión pública también contienen trampas para la oposición. Los votantes han perdido la confianza en todos los líderes. Y, como prueba del ansia de soluciones que tienen, una gran mayoría insta a la oposición a apoyar las medidas económicas del Gobierno, aunque dichas medidas sean impopulares. Rajoy se ha negado.

Algunos teóricos alegan que, como ocurre en la economía, la política española sufre unos profundos desequilibrios estructurales, que van desde la promoción interna en los partidos hasta la relación entre el Gobierno central y las comunidades autónomas. Las comunidades representan el 57% del gasto público. Más de la mitad de los casi tres millones de funcionarios públicos trabaja para los Gobiernos regionales, muchos en una red burocrática opaca (685 entidades autónomas solo en Cataluña). Los intereses políticos regionales desempeñan un papel crucial en las cajas de ahorros.

“La crisis deja al descubierto los límites de las relaciones entre el Gobierno central y las autonomías“, dice Joan Subirats, catedrático de ciencia política en la Universidad Autónoma de Barcelona. “No hay entrenamiento para gobernar el país colectivamente”. Menciona, como un ejemplo positivo, la cooperación entre las autoridades centrales y regionales en el asunto de la gripe porcina. La situación económica requiere algo más.

“Esta no es una crisis, es un cambio trascendental”, dice. “El país no puede ser el mismo”.

Es de destacar que el electorado no está tan polarizado como los políticos, dice Jordi Capo, politólogo y especialista en votaciones en la Universitat de Barcelona. Ese puede ser un factor que contribuye a la paz social pese a la escasez de recursos, la incertidumbre sobre el futuro y las frustraciones de la vida cotidiana. Quizá llegue el estallido social -algunos afirman que la tardanza del Gobierno en abordar la crisis puede hacer que el estallido sea todavía más explosivo-, pero, por ahora, cualquier agitación está soterrada.

Para un estadounidense, sobre todo, el caso de los inmigrantes parece especialmente revelador. Los inmigrantes constituyen más o menos el mismo porcentaje de la población en España y en Estados Unidos. En España, que ha tenido una mayor entrada de extranjeros que ningún otro país europeo salvo Irlanda, donde se calcula que el 20% de todos los recién nacidos son de madre extranjera y el desempleo entre los inmigrantes es al menos un 30% superior al de los españoles, no hay un Arizona, no hay indignación nacional sobre quién tiene derecho y quién no tiene derecho a estar.

“En España, a pesar de todo, no ha habido rechazo y hostilidad, no ha habido partidos xenófobos“, dice Joaquín Arango. Ahora bien, añade, el país tendrá que reabsorber a un millón de inmigrantes desempleados en la economía, sobre todo porque la mayoría parece dispuesta a quedarse. Y, a largo plazo, debe resolver cómo seguir atrayendo a nuevos inmigrantes.

“Hay que reflexionar sobre el futuro. No va a ser igual”, dice. “La economía tiene que cambiar y volverse más productiva. Va a necesitar un nuevo tipo de inmigrante”.

“Yo veo que la gente pone el grito en el cielo”, dice. “Pueden y deben surgir conflictos. Es la única manera de ver la gravedad de la situación”.

“En tiempos de crisis, uno ve las cosas más grandes y duras de la condición humana”, dice. “Lo que está pasando aquí no se resuelve solamente con volver a crecer. Si se hace eso, sería perder una oportunidad de reflexionar sobre aspectos de la cultura social y sobre el papel que debe desempeñar la ciudadanía”.

Phil Bennett fue director adjunto de The Washington Post entre 2005 y 2009 y antes había sido redactor jefe de Internacional entre 1999 y 2005. Durante ese tiempo el diario ganó dos Pulitzer. Actualmente enseña Periodismo en la Universidad Duke, en Carolina del Norte. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

En mi opinión, Phil Bennett ha retratado el problema de nuestra economía de forma magistral, enfocándolo desde todos los posibles ángulos. Lo complicado parece ser encontrar soluciones que satisfagan a todos, cosa por otra parte imposible de lograr. No queda otra que un gran pacto de Estado entre las dos fuerzas políticas mayoritarias y todos aquellos que quieran unirse al carro del sacrificio para sacar a este país hacia adelante.

Buenas noches y feliz día

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