Curiosidades

En la cola del paro

Entonces, ¿qué será de nosotros? Preguntaba un nuevo demandante de empleo  a otro ya curtido en esas lides mientras esperaban su turno en la cola de la Oficina de Empleo.

¿A qué te refieres? ¿De qué hablas chaval?

Hablo de las nuevas medidas contenidas en la reforma laboral. ¿No te has enterado?

No, yo no leo los periódicos, ni escucho la radio, ni veo la televisión. ¿Para qué? Lo único que conseguía cuando sí lo hacía era cogerme un rebote de tres pares de narices. Todo era negativo, ninguna noticia agradable, ninguna que te hiciera esbozar, al menos, una ligera sonrisa. Nada, les mandé a freír monas.

¿Cómo?

Si joven, a freír espárragos, al cuerno. ¿Quieres que te hable en plata? A la mierda, sí, les mandé a la mierda.

Pero a mí sí me ha ayudado estar informado.  Gracias a ello sabía que en cualquier momento me podían despedir.

¿Y de qué te ha servido zoquete? ¿Ha servido tu información para evitarlo? No, un día sacan la bolita con tu número y te largan. Y les habrá importado una mierda que fueras asiduo lector de periódicos, oyente de radio o espectador de televisión. Estos tíos no tienen corazón, tiran de la lista y seleccionan, ese, éste y  aquel, y ese y el otro y el de más allá. Y uno de esos eras tú, pringaillo.

¡Oye! No importa que te pongas así conmigo ni que me insultes. Si he logrado vencer mi timidez y dirigirme a ti ha sido porque he visto que te manejabas con soltura, y me pareció oportuno hacerte la pregunta para conocer tu opinión.

¿Quieres que te dé mi opinión? Te la voy a regalar, listillo. Y no tomes esta última palabra como un insulto, no lo es, aunque lo parezca. Me da coraje advertir que acabáis de salir del cascarón, de entre las faldas de mamá y no tenéis ni puñetera idea de cómo funciona este asqueroso mundo. Vuestra generación vive en la inopia. Sois unos ignorantes ilustrados, habéis estudiado y habéis estado comiendo la sopa boba demasiado tiempo, tanto que os ha llegado a embobar. A tu edad yo ya tenía los huevos pelados de hacer cola ante las oficinas del desempleo. Nunca conseguí un trabajo fijo, aunque era mi meta, hasta llegué a obsesionarme con ello. Pero jamás la alcancé. Siempre he tenido contratos temporales, basura, casi mendicidad. Es verdad que en algunos trabajos, si hubiera sido más dócil me habrían renovado el contrato y puede que hasta en alguno me hubieran hecho fijo. Pero no he nacido para esclavo.

¿Te obligaban tus jefes a hacer algo ímprobo o ignominioso?

¡Rediéz!, qué palabras tan rimbombantes, suenan bien pero no me he enterado un carajo. Te lo explicaré porque tenemos tiempo, esta cola tiene al menos para dos horas.

Empecé mi primer trabajo de auxiliar administrativo. Ese día llegué al trabajo antes de tiempo. La puerta estaba cerrada. Llevaba esperando quince minutos cuando apareció un hombre mayor que sin levantar la cabeza, me dijo mientras intentaba abrir la puerta; tú debes ser el nuevo, entra, entra. Esa pequeña mesa del rincón es la tuya, acomódate que el dueño no tardará en llegar.

Obedecí la indicación del viejo y esperé pacientemente la llegada del dueño.  Habían transcurrido treinta minutos, tiempo suficiente para fijarme en los detalles de la espaciosa y sucia sala que hacía las veces de oficina, cuando apareció el propietario del pequeño negocio.

Dio los buenos días de una forma un tanto despectiva y subió al piso superior. A los diez minutos bajaba cagándose en todo lo que uno se puede cagar. Traía una carta en sus manos y se dirigió a mí.

Hola, tú debes ser el nuevo auxiliar, dijo sentándose frente a mí. ¡Claro que lo soy imbécil, pensé, primero el viejo y ahora este capullo, ¿es que veis a alguien más?

Mira, sin rodeos, he recibido una carta de mi tía de Uruguay, yo  ahora tengo que salir a solucionar algo urgente y no tengo ni tiempo ni ganas de contestarle.  ¿Te importaría escribirle en mi nombre?

Me quedé perplejo, era la cosa más absurda que me habían pedido nunca.

Lo siento Don…

Llámame Ramón, puedes leerla, en realidad no dice nada importante, las típicas majaderías de una tía vieja y loca. Le dices que estoy bien, que todo marcha según lo previsto, algo así, informal y la despachas.

Perdone Don Ricardo, yo creí que había sido contratado para realizar trabajos relacionados con mi formación.

Sí hijo y los realizarás, pero ahora contesta esta carta. Me voy, llego tarde, aquí te la dejo.

Naturalmente no contesté la carta. Tres horas después, una vez que Don Ramón había vuelto y comprobado que no había escrito a su vieja y loca tía estaba despedido.

Y te contaré otra curiosa anécdota que me ocurrió dos años más tarde. Caminaba por una calle bastante  concurrida, llena de tiendas y bares. Pasaba por delante de uno de esos bares cuando me percaté  que tenía colocado en la puerta un letrero que indicaba

–SE NECESITA CAMARERO-

Naturalmente entré y pregunté, por favor ¿el dueño o el encargado?

Yo soy el dueño, ¿qué se le ofrece?

He visto el cartel de la puerta y he entrado por si aún seguía necesitando un camarero.

¿Tienes experiencia? ¿Manejas bien la bandeja?

He estado tres años en la costa echando el verano, creo que le puedo interesar.

Bien no se pierde nada por probar. Mañana empiezas. Toma estas llaves, ahora te explicaré dónde está todo y cuál será tu cometido. Tenía otro camarero pero el muy hijo puta me dejó colgado hace días.

Bien joven, vamos a ver, tu jornada empezará a las seis de la  mañana, abres, y recoges todo lo que ha quedado sucio de la noche anterior y ya está. Luego barres y friegas los baños, el almacén, el bar y ya está. Llenas las cámaras y enciendes la cafetera, la plancha y ya está. Empiezas a preparar la cocina, cortas lechugas, tomates, cebollas, preparas los panecillos y ya está. ¡Ah!,  mientras haces estas cosas estate atento porque entrarán clientes a desayunar, los atiendes y ya está. Vendrán los proveedores a traer mercancías, los atiendes y ya está. Yo te relevaré a eso de las seis de la tarde y ya está.

¡Jo qué barbaridad!, le interrumpió el joven de la cola del paro. ¡Cuánto trabajo! ¿Cuánto tiempo estuviste trabajando en ese bar?

¿Trabajando? Cuando acabó de explicarme todas las tareas me le quedé mirando y dije;

y mañana no vengo y ya está.

No me dedico ahora a contar chistes, todo lo que habéis leído sucedió. No, yo no era ninguno de los protagonistas, afortunadamente nunca he estado en una cola de una oficina de empleo. Aunque debo reconocer que a mí sí me ordenaron contestar una carta de una tía de Uruguay que el jefe había recibido. Naturalmente también me negué.

Buenas noches y feliz día

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