Historia

23-F – Que treinta años no es nada

Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando, cómo se pasa la vida, como se viene la muerte tan callando

Que veinte años no es nada, nos cantaba Carlos Gardel en el inmortal tango “Volver” y Jorge Manrique, en Coplas a la muerte de su padre, nos quiso transmitir muchos siglos antes, que si cien años vivieras, otros cien querrías vivir. La vida es un suspiro, y tan rápido como éste, pasa y viene, tan callando.

Y así, tan callando, han pasado treinta años de aquel 23 de febrero de 1981. El día en el que, un puñado de salvapatrias, convencidos que su destino era superior al del resto de los ciudadanos, entraron en el Congreso de los Diputados al grito de “Quietos todo el mundo”

Afortunadamente, aquella charlotada, no paró el mundo, y menos el tiempo, y aunque durante unas horas nos mantuvimos en vilo y acongojados, bueno… puede que también un poco acojonados, todo acabó bien, y los que montaron la charlotada fueron a dar con sus huesos a la cárcel.

Entonces… como quién no quiere la cosa, resulta que han pasado treinta años, por lo que puedo aventurar sin miedo a equivocarme, que desde aquel día de la charlotada me han caído treinta años sin ni siquiera proponérmelo, y lo que es peor, sin ni siquiera haberme enterado, por lo que tengo que admitir que Jorge Manrique que vivió, escribió y murió en el siglo V, fue un lince pronosticando cuán breve la vida es.

Porque cosas he hecho, miles y miles, cosas he visto, miles y miles, decisiones he tomado, miles y miles, problemas, disgustos y alegrías se pueden contar también por miles y miles, amores… no, amores no he tenido tantos, entre otras cosas porque ya estaría durmiendo el sueño de los justos y aunque resulte tentador probarlo, prefiero apostar a que los próximos treinta años, no sólo parecerán un suspiro sino que lo serán. Y nuevamente volveré a hacer, ver, tomar decisiones por millares y cuántas más tome más rápido me iré para el otro barrio.

Sin embargo, tengo que reconocer que algo me inquieta y me llena de curiosidad, ¿se apartarían del mundo los anacoretas para que no les pasara la vida tan corriendo? Aunque meditándolo un poco, me inclino a pensar que no era ese el motivo, quizás huían de algo o alguien, porque cuando un fin de semana me aburro, o hago el ganso sin dar un palo al agua, o me tiro en el sofá cuán largo soy a presenciar esos programas tan divertidos con los que nos obsequian las televisiones, que todo hay que decirlo, vienen muy bien para echarte unas siestas de Muy Señor mío; una vez ha pasado, me ha resultado tan corto como si no hubiera parado de hacer cosas.

Y ya que he mezclado a Jorge Manrique con los de la charlotada, qué digo yo que qué culpa tendría el pobre, no quiero acabar sin reflexionar sobre su segunda estrofa que desde muy jovencito me condicionó parte de mi existencia hasta que un buen día advertí que yo vivía por aquel entonces, en el siglo XX y el poeta en el V, quince siglos en los que cambiaron muchas cosas, entre las más, el conocimiento. Voy ya al grano, resulta que una línea de la dichosa estrofa que condicionó parte de mi existencia decía así

“Cuán presto se va el placer, cómo  después de acordado, da dolor”

Y yo imberbe por aquel entonces y escaso de luces, interpretaba que esta frase la había escrito para burlarse de mi sexualidad, y que cuantas más veces me masturbara más veces suplicaría al cielo que no llegaran los viernes, días de confesión y penitencia que conllevaba también alguna  que otra caricia por parte del viejo sacerdote que estaba a verlas venir y a las caías. Fueron los años que pasé en un colegio de monjes. Confesaban dos sacerdotes, el viejo tocador que imponía una penitencia leve y otro más joven que no tocaba pero que te endilgaba unas penitencias del copón. “Ahora hijo arrepiéntete y como penitencia me vas a rezar dos rosarios, tres credos, veinte Padre Nuestros y veinte Ave Marías” Claro, la cola del viejo sacerdote llegaba hasta la puerta y en la del más joven nadie, vacía. Vamos como si no existiera o estuviera, aunque cuando terminaba de confesar a un compañero salía del confesionario y ordenaba “de aquí y hasta el final pasad conmigo que os voy a arreglar”

Muchas veces he pensado si hacíamos cola para confesar con el viejo sacerdote por la suave penitencia que imponía o por sus caricias, que tampoco eran nada del otro mundo, te cubría con sus brazos, te acariciaba el poco pelo que tenías y a rezar un Padre Nuestro y un Ave María. Nuestros pecados eran siempre los mismos, no vayáis a creer que éramos unos impíos pecadores de la hostia, ¡que va!, lo típico, peleas entre compañeros y las consabidas masturbaciones, cosas de la edad y del crecimiento.

Recuerdo que por Semana Santa, traían a un sacerdote de la capital que desde el púlpito y haciendo gala de una oratoria brillante y de unos gestos de gran actor, nos lanzaba exhortaciones sobre el terrible pecado que cometíamos cada vez que nos masturbábamos. Hacia especial hincapié, el muy cabrito, en recordarnos, los efectos que sobre nuestra salud se producirían de continuar con tal maligna y pecadora práctica. Podredumbre de la carne y que cual leprosos acabaríamos en alguna lejana isla apartados del mundo mientras veríamos como se desprendían trozos de carne de nuestro cuerpo. Naturalmente, durante varias semanas nos absteníamos, tal era el miedo que nos habían dejado sus encendidas palabras. Pero la carne es débil y transcurrido un tiempo volvíamos a hacerlo en el único lugar en el que había un poco de intimidad, los aseos. Eso sí, terminado el acto uno no tenía más remedio que desnudarse por completo y con miedo, inspeccionarse todo el cuerpo para comprobar que al menos, esa vez, no habían aparecido los primeros síntomas de la terrible enfermedad.

Y digo yo, y no me estoy inventando nada, que qué coñó tiene que ver todo esto con el 23-F. Algo tiene que ver, pero poco. Veamos,han pasado treinta años y siguen mangoneándonos los mismos, tal vez con distintos discursos y palabrería pero los mismos, antes eran monjes y curas y ahora son los políticos los encargados de contarnos mentira tras mentira, de hacernos comulgar con ruedas de molino, y lo fantástico es que nos las creemos. No nos dicen que se nos caerá la carne a pedazos porque eso ya no se estila, sino algo mucho peor. ¿O no es peor estar desempleado, tener familia, haber agostado la prestación de desempleo, mendigar el subsidio de desempleo y estar continuamente bajo la amenaza de perderlo? Y mientras, ellos, viviendo como lo que son, y que ellos mismos se encargan de proclamarse, “la casta política”, superior en derechos al resto de ciudadanos. Lo último es para estar corriendo de aquí a Cafarnaum, “tenéis que trabajar más años y ganar menos si queréis que el Estado pague las pensiones, a nosotros ésto no nos concierne, después de todo hemos sido nosotros los brillantes creadores de esta idea”

Cierto es que en esos treinta años hemos avanzado mucho, que no podemos comparar cómo estábamos y cómo estamos ahora, o mejor decir cómo estábamos hace tres años, porque en estos tres últimos años hemos ido de culo y cuesta abajo sin freno, y a punto de darnos el mayor castañazo que uno pueda imaginarse. Vamos que si alguien no lo arregla y seguimos bajando volveremos al nivel de hace treinta años, con la diferencia que antes protestábamos mucho y ahora nada. Ahora nos tragamos todos los sapos que nos echan sin rechistar y sin decir que esta boca es mía y puedo hacer con ella lo que me plazca. No, no puedes hacer lo que te plazca porque los sapos te los tragas y quiero pensar que no será queriendo, aunque sí consintiéndolo.

Pero en fin, volviendo al 23-F, han pasado 30 años y seguimos sin saber toda la verdad de lo que ocurrió, antes, durante y después de la charlotada.

“Quietos todo el mundo” nos siguen diciendo. Y así nos hemos quedado.

Buenas noches y feliz día

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