La información

La información y los derechos del individuo

"la información"

La intimidad contiene nuestra personalidad, nuestros valores morales y religiosos, nuestras tendencias sexuales y amorosas, nuestras orientaciones ideológicas. Hay una parte de la existencia humana que necesariamente tiene que mantenerse individual e independiente, y que queda por derecho fuera de toda competencia social. Esto, escrito así, sin más, está fuera de toda duda. Sin embargo las exigencias de una información más clara chocan en bastantes ocasiones con las exigencias a la intimidad. Hace unos pocos años, la epidemia de SIDA fue una de las cuestiones más emotivas y que más impacto causaron en la opinión mundial a cuenta de la información. A medida que el SIDA se propagaba rápidamente por muchos países, provocando una histeria generalizada, algunos extremistas presionaron para que las víctimas de la enfermedad fueran marcadas, literalmente hablando, como si de ganado se tratara y recluirlas en centros especiales. Padres aterrorizados trataron de impedir que sus hijos infectados de SIDA acudieran a clase. Los relativos derechos del individuo frente a los de la comunidad, y la contradicción entre intimidad y publicidad, siguen sin resolverse y cada vez están más enmarañados.

Ninguna sociedad puede tolerar una libertad de información total.  En la vida social es necesario el secreto. La libertad de información total significaría la carencia de intimidad individual. Nos encontramos caminando sobre una fina capa de hielo. Pocos son los que tienen suficiente experiencia respecto a temas éticos, jurídicos y políticos que surgen de la necesidad de imponer limitaciones en los flujos de información.

Más abundantes aún son los intereses contrapuestos que surgen de la montaña de leyes que regulan asuntos tales como derechos de autor, patentes, secretos industriales, tráfico con información privilegiada, etc. –todo ello parte de la orden del día sobre la información que tan de prisa está generalizándose en el entorno político-. Hoy en día carecemos de una ética coherente, y las decisiones políticas se toman en un alarmante vacío moral. Muchos países carecen todavía de la más elemental libertad de información y se enfrentan a una respuesta cultural degradante, a una brutal censura de expresión y a unos gobiernos paranoicos a cuenta del secreto oficial.

En cada ciudad y pueblo nos encontramos tenderetes callejeros, top manta, emigrantes con mochila recorriendo calles y bares que nos ofrecen CDs, DVDs, relojes, gafas de sol, ropa y otros productos a precio de saldo. La razón de su bajo precio es que esos productos, como tantos otros que circulan hoy por todo el mundo, son “piratas” – lo que significa que los artistas, los productores y las compañías que hicieron la versión original, el diseño o la marca se verán privados del cobro de los derechos de autor que les corresponderían.

Debido a esta misma línea de piratería surgieron las guerras de las patentes –la negativa de varios países a pagar derechos o tasas sobre un nuevo producto desarrollado y probado por científicos investigadores con unos costes enormes.

La propiedad intelectual, el término en sí está cargado de controversia, implica la propiedad de intangibles resultantes de los esfuerzos creativos en los campos de la ciencia, las artes, la literatura, el diseño, la moda, la música, etc.

Pero ésta no es la actitud más peligrosa para los países con tecnologías avanzadas. Se trata de la corrosiva cuestión filosófica de si la propiedad intelectual puede poseerse en el mismo sentido que los bienes materiales, o si todo el concepto de la propiedad ha de ser conceptualizado de nuevo.

Muchos consideran que es una solemne tontería negarse a compartir algo que no puede ser poseído. ¿Cómo puede protegerse la propiedad intelectual? La pregunta contiene las semillas de su propia confusión; se trata de un verbo improcedente aplicado a un sustantivo improcedente.

Esta línea de razonamiento suele usarse para apoyar la visión de un mundo en el que toda la información ha de ser libre y sin trabas. Es un sueño que encaja limpiamente con la petición de los países más pobres de la Tierra para que se les hagan asequibles la ciencia y la tecnología que le son tan necesarios para librarse del subdesarrollo económico. Todas las naciones necesitan conocimiento, cultura, arte y ciencia de otros países, pero al mismo tiempo deben existir normas básicas civilizadas para un intercambio justo y éstas han de fomentar, más que restringir, la continuidad del esfuerzo investigador, creativo e innovador.

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